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Mirar el pasado es el eufemismo que a menudo usamos para designar una leve contracción del diafragma que sentimos ante el papel fotográfico que nos revela otro tiempo, otro espacio, otra cadencia vital: otros olores, otros ruidos, otras palabras, otras seguridades…El pasado nos lleva a redescubrir lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Esta mirada nos muestra las destrucciones, las construcciones, las presencias, las ausencias, los nuevos hitos urbanos, las viejas estructuras rurales, las permanencias referenciales del paisaje agrario o urbano y las grandes transformaciones del progreso, todas ellas juzgadas desde la sabiduría condicionada que proporciona el tiempo. Los anhelos, el espíritu, el análisis de las circunstancias y la justificación de la medida justa de aquellas personas que llevaron a cabo la transformación de la ciudad, el campo y el paisaje, nos pone de manifiesto, aún más, la pequeñez de aquellas decisiones, loables y calificadas de históricas en su momento, y el inevitable convencimiento de pertenecer a un país pobre, hecho y rehecho por nuevas oleadas demográficas, al son de decisiones económicas tomadas en mercados estatales o internacionales.
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